lunes, 18 de abril de 2016
Golden rush/ fiebre del oro
Para otros hay alternativa. Él escribe. Se busca. Se busca cuando escribe. La escritura es la búsqueda y es el hallazgo. Se pierde en la búsqueda. Lo que escribe es el río y las pepitas de oro. No le basta los buenos versos, los temas novedosos o profundos, quiere nuevas prosodias. Las que lo re-conecten con lo más antiguo. Abandona las pepitas y se queda con el río. Se pregunrta por la vida y por el libro. Quiere nuevas formas de vida. Se pregunta constantemente por una nueva manera de hacer un libro, por
una nueva forma de escribir. Sobre todo él, tan enviciado de sí mismo. Por todas partes sin embargo ve que hay esa búsqueda. El tropel.
Como en los tiempos de la fiebre del oro. Hay una fiebre del oro ahora mismo. Una pandemia. Participar de ella es un delirio primordial e indispensable,
como también remontarse, en un río, para buscar lo primordial, el
nacimiento. Él que escribe fluctua, pendula entre ambos extremos. Quiere seguir el curso y remontarse. Lo rústico y arcaico
y el salto, el de siempre, hacia lo que no (se) ha hecho. Cree que debería intentar una
síntesis entre sus extremos, pero una descomposición no estética, no esteticista. Es su duda
perpetua, aunque en él, por su anemia incurable, no llega sino a
febricula, calentura de pollo, decía su abuela, la materna. Quiere la novedad, la más antigua, la olvidada, tiene febrícula del oro.
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